LLEGÁS
POEMAS EN CONSERVA
La editorial
Voy a salir y si me hiere un rayo lanzó una colección
de poesía en un formato infrecuente: latitas circulares que
contienen discos con la voz y la imagen de los autores. Se trata
de antologías que reúnen a los poetas más representativos
de la última década.
Las latas recuerdan
a aquéllas que traían caramelos empolvados en azúcar
y que las abuelas solían guardar con llave tras puertitas de
vidrio. Pero éstas no traen confites de colores escondidos en
polvo blanco, sino poemas grabados en un CD. Como si la poesía
buscara volver a ese origen en el que la voz transportaba las palabras,
la editorial Voy a salir y si me hiere un rayo propone que los autores
lean su obra, se muestren y sugieran que aquel sustantivo debe ser
dicho con furia oeste otro adjetivo, apenas pronunciado.
“Nos atraía mucho la idea de crear un registro oral de autores
que leen sus propioas textos”, explica María Medrano, poeta y
editora del proyecto. “También nos parecía muy importante
que la presentación no fuera descartable, sino que diera ganas de tenerla
a la vista: buscamos varios formatos, terminamos en una fábrica de latas
de talco y nos encantó”. Precisamente Polvo se llama el último
CD, una antología que reúne la voz de nueve poetas argentinos
representativos de los 90. “La selección, como toda antología,
es caprichosa”, aclara Medrano, y reconoce que muchas veces sus propios
gustos son los que mandan.
Escuchar cómo un poema se desprende del papel en la voz de quien
lo creó (para que permanezca en ese papel), puede resultar un
descubrimiento, una nueva manera, tal vez más completa, de abordar
la poesía. En Polvo se percibe la ironía de Alejandro Rubio
cuando dice: “Como esos tipos que todavía hablan / de los
asados que se mandan / los albañiles: dos horas, tres”.
Mientras se sigue cada verso desde la pantalla de la computadora, y luego
con el mouse se adelanta hacia la voz de Damián Ríos, potente,
que sacude las palabras:
“No se puede gritas / en esta sala / no se puede gritar ni poner
/ música ni prender los ventiladores / de techo como quien prende,
así / ventiladores de techo, dice la enfermera”. O se escucha
a Martín Gambarotta con su poesía cítrica: “Cuando
se corta por primera vez / un pomelo en un lugar desconocido / con un
cuchillo de punta redonda y poco filo / más apto en realidad para
untar manteca / el pomelo se vuelve más extraño / que el
mundo que lo rodea”. Osvaldo Méndez, Laura Wittner (no es
lo mismo leer “la voz de la vecina / llega rayada por la lluvia”
que escuchárselo decir), Fabián Casas, Juan Desiderio,
Silvana Franzetti y Bárbara Belloc son los otros poetas que se
dicen a sí mismos.
La colección comenzó en marzo de éste año
con Dulce, una latita rosa estampada con labios rojos que señalan
el nombre de cada una de las poetas que participan: chicas que también
escribieron durante los 90 en Buenos Aires. “A mi me pasa que cuando
escucho a algunas poetas que ahora tienen 50 años me intriga algo:
¿Cómo eran a los 20?”, dice Medrano para explicar
otra razón que la empujó a unir lo escrito con lo dicho.
Y en Dulce se oye cómo son ellas, las que escribieron lo que ahora
leen, chicas nacidas a fines de los 60 o durante los 70: Roberta Iannamico,
Anahí Mallol, Verónica Viola Fischer, Patricia Suárez,
Silvina Vázquez, Selva Dipasquale, Ana Wajszczuk, Cecilia Pavón,
Lola Arias, Ximena May, Carolina Jobbagy y la misma María Medrano,
que asegura que uno de sus objetivos es darle un lugar prominente a las
mujeres en la poesía actual. “¿Por qué cuando
se piensa en grandes poetas siempre salen nombres de varones?” fue
la pregunta que le disparó las ganas de establecer un canon propio
con presencia femenina.
Y entre las antologías porteñas (de la llamada “poesía
joven”), también tienen su espacio en la alacena latitas
de sabores latinoamericanos: escuchar al cubano José Kozer (1940)
en In situ, o verlo recitar a través de un video que acompaña
la edición, hace que los versos no pierdan la música que
suele desaparecer cuando son leídos por alguien de aquí,
con la entonación des sur. “Cirse, te llamas Cuba: yo soy
tu manatí, tu navegante, yo soy tu porquerizo cara de cerdo”,
dice Kozer con su voz como un canto que se escapa entre consonantes que
se funden con vocales. Y también está la peruana Carmen
Ollé (1947) guardada en una lata color ocre, color que tan bien
combina con esa mezcla de melancolía y sensualidad, de cansancio
y vigor que transmite al decir: “He vuelto a despertar en Lima,
a ser una mujer que va / midiendo su talle en las vitrinas como muchas
preocupada / por el vaivén de su culo transparente”.
Próximos sabores: Fetiche (más poesía argentina
de los 90 que promete un video de Washington Cucurto tocando con una
banda de cumbia) y una antología
Chilena, una peruana y otra paraguaya. Claro que la idea no es desplazar
al libro -que aún no forme parte del proyecto es una cuestión
de costos, no de postura- sino incluirlo en próximas ediciones.
“Y seguir experimentando con sonidos y formatos”, concluye
Medrano. Tal vez estos discos sean una buena oportunidad para que el
público de poesía se amplíe: hay palabras que se
pueden escuchar sin querer, al pasar, porque otro las hizo sonar y de
pronto pueden resultar atractivas, sensuales, insinuantes, placenteras.
FERNANDA
NICOLINI |